Sohrab Sepehrí
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Quien dice "encima de la soledad flota la luna" es uno cuya mirada se sitúa tan alta como su palabra; un poeta pintor, el persa Sorba Sepehrí (1928-1980), cuyo pincel se estiliza hasta alcanzar la imagen honda, exenta de realidad, como se halla en el fondo sin fin del agua. Lo que flota por encima y lo inalcanzable por su hondura se aúnan en sus papeles coloridos, como lo hicieron en sus ojos desolados, serenos e inquietantes.

Sorba Sepehrí, oriundo de Kashán, desierto y oasis, representa una forma distinta de aproximación a la realidad e igualmente una poesía diferente dentro de la lírica actual de Irán. Si en su primer libro, La muerte del color (1951), se descubre a Nima Yushidj -padre de la moderna poesía persa-, en libros posteriores, La vida de los sueños (1953), La tiranía del sol (1961) y El oriente de la tristeza (1961), desarrolla esa técnica suya donde las sensaciones simultáneas dan pie a imágenes tan inusitadas que rebasan el surrealismo para situarse en lo "imaginal". Con los dos últimos libros mencionados, donde ha encontrado ya definitivamente su voz, abre una puerta nueva para la poesía.

De "libre en un jardín" o de hallar su cadáver "a la orilla de un rugiente río", como se describe en su segundo y tercer poemario, pasa Sepehrí a la búsqueda de la "ciudad pérdida" y de su propio linaje, que puede hallarse en una "planta de la India" o en un "cacharro de Teppeh Sialk", de su extenso y fundamental poema El sonido del paso del agua (1965). Como el agua misma corren sus conceptos y se adaptan sutilmente a la geografía, la extensión natural del espacio por el que el poeta se mueve:

"Rezo cuando el viento

llama a la oración desde el minarete de los cipreses",

y por el más próximo: el hombre y él mismo:

"La vida es

multiplicar la tierra

por los latidos de nuestro corazón".

Hombre y mundo son uno y uno es su destino, un destino natural:

"Nuestra misión

no es averiguar el secreto de la rosa.

 

(…)

es, tal vez,

nadar en el hechizo de la rosa.

Levantemos nuestro campamento detrás del saber".

Esa ligereza y capacidad de reflejo del agua, donde todo se funde, característica del verso de Sepehrí, abarca un amplio espectro, pues su impulso lleva al poeta a conocer otros países: residió en India y Japón, y viajó a Italia, Francia y España. Surgen así Viajero (1966) y El espacio verde (1967). Rebasadas las fronteras, queda claro que el espacio cantado abarca hombre, vida y naturaleza y sus nexos, a veces, invisibles, mientras el tiempo se dispersa en instantes de existencia. Ayer, hoy y mañana se identifican, aunque el cantor corra hasta el "final del ser" y el lugar de las "cosas intactas".

Con Todo nada, todo mirada (1977), Sorba Sepehrí llega al final de su trayecto. Este libro supone la culminación de su pensamiento. Sus vínculos con los líricos persas clásicos (Rumi o Hafez) o con los universales contemporáneos surgen ahora abruptamente. Sepehrí  "ha tensado hasta tal punto las cuerdas de su lenguaje que, en todo instante", afirma el prologuista Darius Shayegán, "tememos que se rompan". Este hecho, sin duda, aumenta la dificultad superada por Sahand y Clara Janés, autores de la traducción: han sabido cruzar esos pasadizos y verter al castellano toda la profundidad de estos versos. Además, con buen criterio, a modo de apéndice, nos han dado también una selección de poemas significativos de El oriente de la tristeza y El espacio verde. Así, gracias a este libro, ilustrado con dibujos del propio poeta, el lector tiene una hermosa ventana abierta a la obra de Sepehrí y la poesía persa contemporánea.

Ahmad Taherí

Y ahora la caída de los colores

Semejante a los misterios del nacimiento

los instantes escoltaron al año entre dos parpadeos.

En las mojadas cumbres del encuentro

se levantaba poco a poco

el santuario de la luz.

El suceso se tejía con la materia del pavor.

Un pavor

que penetraba en la estructura primordial de la piedra.

En la fresca gravedad del viento

murmuraba una garganta

la nostalgia del amigo.

Desde el principio de la lluvia

hasta el fin del otoño

fluían huellas de palomas.

 

Cuando cesó la lluvia

el paisaje estaba desguazado.

Las vastas extensiones mojadas

quedaron sin aliento.

Y en nuestra boca de paciencia

se fundió

el arco iris.

 

Tan línea como blanca

Es de mañana.

El gorrión, todo presencia,

          canta.

El otoño se deshace

          en la compacta unidad del muro.

El avance gozoso del sol

arranca del sueño

           el cuerpo de la corrupción:

Una manzana se pudre

          en la insistencia calada

               del azafate.

Una sensación semejante

          a la extrañeza de los objetos

               cruza los párpados.

Entre el árbol y el verde efímero

               el azur sin cesar renovado

          se mezcla con el ansia de la palabra.

Pero,

          ¡Oh respeto de la blancura inmaculada del papel!,

el pulso de nuestras letras late

          hasta en la ausencia de la tinta del calígrafo.

En la mente del ahora

          la atracción de la forma se desvanece.

Hay que cerrar el libro.

Hay que levantarse

          y andar siguiendo al tiempo.

Y contemplar la flor,

          prestar oído a la ambigüedad.

Hay que correr hasta el fondo de la existencia.

Hay que seguir la llamada perfumada de la tierra funeraria.

Hay que llegar al cruce donde se encuentran el árbol y Dios.

Hay que sentarse

          en el umbral de la expansión

               en algún punto entre el éxtasis y la revelación.

 

Presencia hasta el final

Esta noche

un sueño extraño

abrirá el acceso a las palabras.

El viento tendrá algo que decir.

La manzana caerá

y rodando sobre las virtudes de la gleba nutricia

alcanzará la presencia de la ausente tierra de la noche.

El techo de una quimera se hundirá.

El ojo

verá la triste inteligencia de las plantas.

Una hiedra trepará

enroscándose a la visión de Dios.

El misterio desbordará.

Las raíces de la ascesis del tiempo

se pudrirán.

En el camino de las tinieblas

los labios proferentes del agua

emitirán destellos

y el corazón del espejo desvelará sus misterios.

Esta noche el hálito del Amigo

hará temblar el tronco de la esencia

esparciendo el asombro pétalo a pétalo.

En lo más recóndito de la noche

un insecto experimentará en su fuero interno

la fértil porción de la soledad.

En el interior de la palabra alba

el alba se elevará.

 

Oasis en el instante

Si venís a buscarme

estaré más allá de la tierranada.

Más allá de la tierranada hay un lugar.

Más allá de la tierranada las venas del aire

están llenas de vilanos mensajeros que nos traen noticias

de una flor recién abierta en el arbusto del extremo confín de la tierra.

En la arena hay dibujos de cascos de caballos,

de sutiles jinetes que al alba se dirigieron hacia

las alturas ebrias de la asunción de la amapola.

Más allá de esa tierranada, el guardasol del deseo permanece abierto:

Y cuando la brisa de la sed corre por el fondo de una hoja

se oyen las campanas de la lluvia.

Aquí el hombre está solo

y en su soledad

la sombra de un olmo se extiende hasta la eternidad.

Si venís a buscarme,

venid, pues, lenta y suavemente

para que no se raye

la porcelana de mi soledad.

 

Traducciones de Clara Janés