Armando Orozco

 

La esfera

Ante el asombro de los niños
la muchacha de ojos
azul- grisáceos como la tarde
toca  el violín.

Él con la música de ella
y el mágico movimiento
de sus manos
alrededor de la esfera de cristal
la sostiene en el aire.

Dios en cambio  deja caer 
su bola todos los días
sobre el pavimento del universo.


Pedestales

Cuando murió el guerrero
sólo quedaron de sus hazañas
las cenizas y  el viento.

¿Qué recriminar a Dios
que Él no sepa?

Que no hizo
el  esfuerzo suficiente
para que se cayeran
los tiranos de sus pedestales.


Inexistencia

“¡No existo!” 
-dijo Dios-
mientras observaba
 caer sus estrellas
al infinito.

Tampoco yo
- le advertí-.

Cuando contemplo
entre  sombras las antologías.
 

Contabilidad

En mi  soledad perpetua
contabilizo una por una
mis galaxias
y no me falta ninguna.

Pero cuando sumo
en la bolsa de los pobres
las monedas
siempre me faltan
-sin poder remediar nada
en contra de los bancos-
cinco para el peso.


A la memoria de Gustavo Valcárcel

Murió en su ley:
 el licor y la color
que  alentaron su vida
de tono, armonía y movimiento.

Hoy está tieso su pincel de mago.

Ya estará en los infiernos con Giocondo,
Greco, Miguel y Picasso,
bebiendo de la tarde el vino pálido.

Reirá y cantará tangos antiguos
y modernas  tonadas,
y se peleará con Dios a puñetazos.

Cuántas gordas Estelas en sus cuadros,
 de luz y tristeza acumulada
en su lienzo de costal amargo.

Y en su vida que dejó ésta hora
colgada  cual bufanda en un perchero
más borracha y cansada que la noche.


El hambre es la hembra del hombre.

Si  el hombre
no existiera…
Dios se moriría
de hambre.


Ante  una foto de mi abuelo

El tiempo, la selva, él 
y  su fino coche
de los años veinte.

No  tiene tampoco
arrugada  o  manchada
su camisa caqui con tirantas.

Ni su pantalón bombacho
con  botas negras de explorador.

Tampoco envejece
porque  Dios tendría


Golpes

Le desgarraron la piel
como quien quita
la corteza a un árbol
la cáscara a la fruta.

Dejaron su jugo
a la intemperie
la fibra de sus tendones
al pico hambriento de los pájaros.

Nadie-ni el mismo-
salió a defenderlo.

Fue la soledad del dolor
la nada de un loco sin luna
ansiado por los insectos.

¿Cuántos fueron los golpes
recibidos?

¿ Porque a quién se le ocurre
llamarse profeta, enviado hijo de Dios,
en tiempo de bárbaros.?
¿Y a quién poeta en tiempo de bárbaros?


Reciclador

Pasa todos los días repleto
con sus desperdicios
semejantes al oro.

Sin saberlo lo habita un Dios.

Aquel que sólo descubre el poeta
cuando observa a su hijo
tratando de hacer sonar sobre  el andén
la armónica inservible.

De la basura reclinada en los quicios
de las puertas extrae decretos
y la palabra del mandatario,
arrojada con su baba de los cenáculos.

El reciclador dentro de sus alforjas
carga para luego incinerar
toda la peste de los reyes.


Profundidades


Vienen de las profundidades.
Yo los he visto avanzar en pesadillas
en medio de la niebla.
arrasando  con sus moto sierras.
cabezas y sembrados.

Decapitan sin compasión
al  día y  de noche.
Dejan los ríos, los  cielos
hechos añicos.

Hasta que un día 
como inocentes ángeles amados
se sientan complacidos
en  la silla senatorial,
en el Palacio del presidente.
o en la casa del obispo
para ser bendecidos
por el representante de Dios en La Tierra.


Armando Orozco Tovar [Bogotá, 1943],  Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, se ha desempeñado como pintor, catedrático, periodista, conferencista y coordinador de los Talleres de Poesía de la Casa Silva. Desde 1993, coordina el Taller de Cuento de la Universidad Externado de Colombia. Algunos de sus libros son Asumir el tiempo (1980); Las cosas en su sitio (1983); Eso es todo (1986); En lo alto del instante (1990); Para llamar a las sombras (1994) y Visiones (1999).