Piedad para Kavafis

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En mi reciente viaje a Atenas me llevé en la maleta los libros de Kavafis. Quería ver Grecia con los ojos del helenista que nació y murió en Alejandría y que, por cierto, tardó tanto en visitar la que consideró siempre su patria cultural. Sorprende el hecho. ¿Cómo puede explicarse que el poeta que tenía puesta la imaginación en la Grecia clásica dejara correr el tiempo hasta ese punto? Porque el poeta coge el barco ­el Kahira­ el 13 de junio de 1901, cuando tiene 38 años y ha escrito ya gran parte de su obra. Miembro de la colonia griega en Alejandría, patriota, había participado en la famosa polémica sobre la restitución de los frisos y las metopas del Partenón que habían ido a parar al British Museum. En estos artículos («Devolved los mármoles de Elgin») había atacado el tópico con que se justifican los expolios, esto es, la salvación de un patrimonio que los naturales habrían dejado perder. Con esa coartada, Juan Larrea (el Juan Tarrea de Neruda) hizo su colección de oro precolombino. Kavafis reclama los mármoles de un Partenón que aún no ha visto y para una Atenas que desconoce y a la que estima por su creatividad y el atractivo turístico, similar ­piensa­ al de Florencia o Venecia. Consciente de la trascendencia del viaje, decidió llevar un diario estrictamente factual. Sin duda teme la incontinencia expresiva en la que puede caer. La poesía garantiza un control, no así la prosa. En efecto, el diario se atiene a esta disciplina y la extrema hasta el punto de que llega a dar cuenta de la temperatura al final de cada jornada. Las transgresiones a la objetividad son excepción: a la altura de Creta, escribe que el color y la forma del mar son «intensamente griegos». La sencillez recuerda a Jenofonte: «Esta mañana el mar estaba muy bien y vimos islas por todas partes». PERO si nos ha sorprendido que Kavafis demorara tanto el viaje a Grecia, no menos chocante es su indecisión para subir a la Acrópolis cuando está ya en Atenas. Desde que llega a El Pireo el día 16 de junio y se instala en el Hotel d´Anglaterre, se va a tirar cinco días remoloneando por la ciudad, como si quisiera evitar los cánones, lo sagrado, las formas que revelan la presencia real de los dioses. El poeta se entrega al callejeo, a los cafés y teatros, a la playa, al casino de Fáliro. Alaba la vistosidad de los uniformes militares, aprueba la arquitectura neoclásica y, ya en el Museo Arqueológico, se detiene ante el busto «especialmente bello» de Antinoo. Por fin, el 20 por la tarde sube a la Acrópolis y se enfrenta al Partenón, al Erecteon, a los Propileos... Escribirá en el diario: «¡Sublime, sublime!», pero no volverá a subir, a pesar de que aún va a tirarse otros dos meses en Atenas. En el diario deja constancia de todos sus movimientos, entre el Pireo y la ciudad, en tren y en tranvía; de la plaza de Sintagma a la de Omonia; de las iglesias bizantinas a la Iglesia Metropolitana, donde oye misa. Conoce a un chico especialmente guapo. ¿POR qué no vuelve a ascender hasta el Partenón? Posiblemente porque no soporta la persistencia del canon incluso en las ruinas. Para él las Pirámides son la muerte, mientras un mármol roto de la Acrópolis es la victoria sobre el tiempo. Kavafis entiende eso en el arte, pero no lo aplica a la vida. No soporta la vejez, la decrepitud, no tiene piedad para los viejos y sus «viejos pellejos», ni para la soledad de éstos en los cafés, mientras pasa delante de ellos la belleza de los jóvenes, tan rauda como un soplo... Kavafis tardó en viajar a Atenas y le costó subir a la Acrópolis por temor a descubrir que el canon es compatible con la fragilidad y las ruinas, sean las del mármol o las del ser humano. Por eso sentí piedad por Kavafis en Atenas.

César Alonso de los Ríos