La fábula de las luciérnagas

pasoliniuno

Por Antonio José Ponte

Ocho meses antes de ser asesinado, Pasolini mencionó en un artículo suyo unas luciérnagas. Escribía sobre el vacío de poder en Italia y recordó cómo a inicios de los años 60 dejaron de verse en los campos sus lucecitas. La historia natural se hacía historia política: aquellas luces apagadas venían a significar sus últimas esperanzas de operar en lo público.

Pasolini usaba a la ligera términos como genocidio y racismo. Hablaba de un fascismo consumista. “El afán de consumo es un afán de obediencia a una orden no pronunciada”, escribió. En la Italia de 1975 el Poder no tenía rostro, resultaban indiscernibles los rostros del extremismo, las órdenes eran obedecidas sin haber sido dichas, y en los campos no quedaban luciérnagas.

Georges Didi-Huberman, estudioso de las imágenes y quien se ocupó del desaparecer y aparecer de las mariposas, terminó por fijarse en aquellas luciérnagas. Preguntó por qué, consumido su “fulgor de escritor político”, consumido su deseo (las luciérnagas fosforecen para la cópula), Pasolini radicalizaba su desesperación hasta inventarse la extinción de los insectos. Pues él daba fe de una colonia de luciérnagas en Roma, en los 80, en la colina del Pincio.

Desmentir una observación naturalista lo llevaba a desaconsejar el pesimismo, a declarar que incluso en las peores condiciones eran factibles ciertos gestos políticos. Didi-Huberman aportaba ejemplos. No mencionaba, sin embargo, el caso de Leonardo Sciascia, implicado en el emblema de las luciérnagas.

Tres años después de la muerte de Pasolini, Sciascia integraba una comisión parlamentaria sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas. Escribía sobre ello un informe y un libro, y recordó una frase de Pasolini sobre Moro, que aparecía en el artículo de las luciérnagas. No pudo menos que comenzar su libro con esta epifanía: “Anoche, saliendo de paseo, vi una luciérnaga en la grieta de un muro. Hacía al menos cuarenta años que no veía ninguna por estas tierras…” El descubrimiento de aquel ejemplar le despertó el deseo de comunicarse con su colega muerto. Como si reanudaran carteo, dirigió a Pasolini estas palabras: “Las luciérnagas que creías desaparecidas están volviendo. Anoche, después de tantos años, vi una”.

Así que, en contra de lo sostenido por Didi-Huberman, sí que había existido un tiempo sin luciérnagas, incluso desde mucho antes: hacía al menos cuarenta años. El malestar político de Pasolini no se había inventado un síntoma, aunque la suerte de esos insectos no parecía condicionada por los avances y retrocesos de la cuestión pública y, en medio del triunfo del terrorismo, se atrevían a brillar otra vez.

Didi-Huberman citaba una frase de Walter Benjamin acerca de la organización del pesimismo, de organizar el pesimismo para descubrir en lo político un espacio de imágenes. Leonardo Sciascia, diputado y encargado de investigar en torno a un crimen político, organizó el pesimismo en informe y en libro. La desesperación de los últimos artículos de Pasolini puede constituir una lectura apasionante: es el agobio de la lucidez. La crítica que Didi-Huberman le hace, desde un optimismo escarmentado, resulta aleccionadora en tiempos como estos.

Muerte

Vuelvo a ti, como vuelve

un emigrado a su país y lo redescubre:

he hecho fortuna (en el intelecto)

y soy feliz,

tanto como hace tiempo lo era, destituido por norma.

Una rabia negra de poesía en el pecho.

Una loca vejez de jovencito.

Antes tu alegría se confundía

con el terror, es verdad,

y ahora casi con otra alegría lívida,

árida: mi pasión decepcionada.

Ahora me das miedo de verdad,

porque estás de verdad cerca, incluida

en mi estado de rabia,

de oscura hambre,

de ansia casi de criatura nueva.

Pier Paolo Pasolini

La religione del mio tempo (1961).