Jaime Gil de Biedma

 Miguel Dalmau

 

Probablemente él no estaría de acuerdo. Pero quizá haya sido Gil de Biedma el Kavafis barce­lonés: un autor muy intenso y de producción escasa que supo reflejar como nadie la experien­cia de amar y envejecer en una ciudad junto al mar. De familia acomodada como el grie­go, ocupó un alto cargo en la Compañía de Tabacos de Filipinas, situada en un vetusto edificio de la Ramblas, cuyos elegantes inte­riores de aire colonial hicieron exclamar a García Márquez: “Esa compañía tuya a lo Joseph Conrad”. También como Kavafis, el poe­ta catalán alternó su respetable vida burguesa con una hipnótica fascinación por los bajos fondos portuarios donde gustaba divertirse persiguiendo placeres baudelairianos. Según testimonio de Juan Goytisolo, ya en 1948 Gil de Biedma frecuentaba los bares de Escudellers, la Bodega Bohemia o el hotel Cosmos.

Por ello, tenía fama de “universitario brillan­te, señorito y ramblero”, en una facultad de Derecho donde también estudiaban Carlos Barral, Joan Reventós, Antonio Senillosa o Alberto Oliart.

Por esas mismas fechas, aquel joven quería ser diplomático y empezaba a escribir poe­mas. Cuando años después vean la luz, algu­no de ellos causará escándalo, recuerda Goytisolo, “en la sociedad asfixiante y pacata en la que vivíamos”. Para entonces, “la reputación sulfurosa de Jaime realzaba su frescor, inde­pendencia y originalidad”. Las visitas adoles­centes a la Bodega Bohemia dieron paso lue­go a francachelas adultas en locales de dudosa y ambigua reputación. En una de aquellas incursiones por el Barrio Chino, Gil de Biedma y Goytisolo serían detenidos en una redada y trasladados a la temible comisaría de Via Layetana. Durante unas horas tuvieron como camarada de celda a un individuo acusado de un delito que sólo aquella España esperpéntica podía interpretar como tal: “Acompañar francesas”.

Esta vida nocturna, unida a su singular gus­to en lo amoroso, impidió a Gil de Biedma ingresar en el Partido Comunista a mediados de los cincuenta; según varios testimonios, fue Manuel Sacristán, el principal teórico marxista de esa generación, quien le cerró el paso: las rigideces del partido no podían admi­tir a aquel híbrido inclasificable de empresa­rio y poeta en ciernes, cuyas inquietudes ro­mánticas le llevaban a apurar vorazmente los límites gozosos de la vida. Pero el joven seño­rito continuó residiendo en el lujoso domici­lio familiar de la calle Aragó, trabajando en una empresa comercial y vinculándose con otros letraheridos de su fibra. Muchos de ellos se formaron en el seminario de Econo­mía que dirigía Fabián Estapé o en sus clases particulares donde, además de Derecho, el ge­nial maestro les hablaba de Ortega, Croce, Bergson, Kierkegaad o Jaspers. “Quizás fui el primero a quien Jaime confesó su invencible homosexualidad. Fue a finales de los años 40 durante un larguísimo paseo entre la casa de sus padres y la de los míos. Recuerdo que me habló de ‘La montaña mágica’, la escena en que Hans Castorp se explica a un compañero dejándole un lápiz de plata. En aquella época, que un alumno confesara a un profesor su ho­mosexualidad era un gesto asombroso, arries­gado, valiente", recuerda Estapé.

Otra fuente de enseñanzas fueron los seminarios de Castellet, quien inició a algunos jóvenes barcelone­ses en “el realismo crítico”. Desde aquella literatura comprometida, autores co­mo el propio Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo o Alfredo Costafreda participaron en el homenaje a Antonio Ma­chado en Colliure a principios de 1959. En aquel bellísimo pueblecito de la costa france­sa coincidieron escritores e intelectuales anti­franquistas de todas las tendencias. Pero, ade­más, el encuentro permitió a Gil de Biedma y sus amigos catalanes tomar conciencia genera­cional; lo que Carme Riera definirá más tarde como “la escuela de Barcelona” comenzó a gestarse en las bien regadas sobremesas del Hôtel des Templiers, no lejos de un mar azul azotado por el viento. Quién sabe si se fijaron las bases del lanzamiento colectivo o se habló de la necesidad de una antología poética que, como en su día la de Gerardo Diego y los del 27, les diera a conocer. En todo caso, a los po­cos meses la antología de Castellet “Veinte años de poesía española”, era un hecho, así como una nueva colección poética que apare­ció bajo el evocador nombre de “Colliure”. Se­gún Castellet, “Jaime Gil de Biedma ha sido una de las tres personas más inteligentes que he conocido en mi vida. Pero sobre Manuel Sacristán y Gabriel Ferrater, que fueron las otras dos, tenía la ventaja de poseer un gran espíritu práctico. Conocía perfectamente el mundo en que vivía”.

El Mediterráneo acompañará otros mo­mentos de la vida de Jaime Gil de Biedma. Aquel mismo año tuvieron lugar en el hotel Formentor unas “conversaciones poéticas” que iban a quedar como símbolo de la literatu­ra de “qualité”. Los miembros de la futura Es­cuela de Barcelona se desplazaron a Mallorca siguiendo el reclamo del diálogo, la concordia y las bebidas finas. Allí se reunieron con poe­tas del 27 como Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso o Gerardo Diego, poetas sociales co­mo Celaya o Blas de Otero, o mallorquines adoptivos como Camilo José Cela o Robert Graves. Las sesiones se celebraban en el Club de los Poetas, un pequeño pabellón del hotel, edificado bajo los pinos que daban al mar. Contaba José Agustín Goytisolo que Cela ha­bía instalado a la entrada una gran jaula con un pajarraco que se explayaba en insultos gro­seros cuando algún vate ilustre tomaba la pa­labra. Según Carme Riera, los gritos del guaca­mayo “fueron de enojada discrepancia cuan­do intervinieron Vivanco, Riba y Bousoño”. Luego caía la noche. Y cuando “los famo­sos” se iban a descansar, Gil de Biedma y los demás seguían la fiesta en el bar eternamente abierto del club. Amparados en la exquisita tolerancia del servicio, apuraban la velada hasta el alba, bebiendo o charlando junto a la playa de arenas suavísimas. Este ambiente de poesía en amistad quedó reflejado en el poe­ma “Conversaciones poéticas”, donde Gil de Biedma celebra el momento y se resiste a su inevitable finitud: “Grité que por favor que no volviéramos nunca, nunca jamás a casa”. Hasta mediados de los sesenta los amigos se identifican plenamente con el espíritu de grupo y aspiraban a un cambio definitivo y general. A menudo participan en actos de de­safío al régimen, firman manifiestos e inter­vienen en recitales en las aulas de la universi­dad, pero el esfuerzo será insuficiente, por­que la figura de Franco se hallaba plenamen­te consolidada. Su vínculo con el mundo de los negocios permite al poeta captar con ante­lación la profunda metamorfosis de la socie­dad española: la llegada del turismo de ma­sas, la emigración de dos millones de trabaja­dores a Europa, la política de los tecnócratas del Opus Dei en el gobierno contribuyen a modernizar el país. Pero el precio político es muy alto porque, en sus palabras, “la derecha española se sume en un estado casi voluptuo­so de buena conciencia” mientras se produce una desradicalización de las clases trabajadoras. En definitiva, se pregunta Gil de Biedma: “¿Quién se va a tirar al monte cuando se pue­de meter en un tren a Alemania?”.

La bonanza económica no sólo trae consi­gue la mansedumbre de las clases populares, sino el final del viejo sueño de acabar con la dictadura. Adaptarse a la España feliz y con­formista de los sesenta será el nuevo reto del poeta, un objetivo que coincide con su gran crisis de madurez. Sumido en una grave factu­ra de identidad, Jaime escribirá por entonces su célebre “Contra Jaime Gil de Biedma”. El invierno en desamor ha sido tan gélido que sólo una escapada a Atenas, junto al Medite­rráneo más puro, le devolverá en verano de 1966 su legendario apego a la vida. Y a raíz de mayo del 68, el autor vive su propia prima­vera de las liturgias libertarias. La Ciudad Condal se erigirá entonces en centro de un fér­til “underground” intelectual y político, sin el cual resulta impensable la España moderna.

El peruano Mario Vargas Llosa describió bien aquella Barcelona inquieta y cosmopolita de los setenta en la que “veinte, treinta gru­pos diversos, sin contacto entre sí, sacaban re­vistas, planeaban películas, experimentaban con la arquitectura, la pintura o la música, re­visaban el marxismo, redefinían el teatro o el sexo y querían revolucionar las costumbres”. Eran los tiempos dorados de Bocaccio, don­de un grupo de “nens dolents de casa bona” –los Regás, los Gubern, Herralde, Esther Tusquets, Beatriz de Moura y “tutti quanti”– hos­tigaban al régimen con las armas de la cultu­ra, el buen vivir y la camaradería. Testigo de aquel tiempo de fiesta, la fotógrafa Colita ha declarado: “Jaime era el hombre más sexy que he conocido, un gran seductor. Quizás se debía a su cabeza, cuya línea clásica me recor­daba a los perfiles de un patricio romano. De esa cabeza brotaban ideas brillantes y diverti­das, charlas inolvidables cargadas de ingenio. Sólo necesitaba chasquear los dedos para te­ner una fila de hombres y mujeres a la puerta de su casa. Amaba la vida como ninguno. Era fiel a sus amigos, pero implacable con los im­béciles. No soportaba las formas torpes de la adulación”.

Precisamente en el legendario Boccacio, los poetas Gil de Biedma, Barral y Goytisolo quisieron celebrar en grupo la fiesta de su cin­cuenta aniversario. Aunque ya no eran aque­llos “príncipes necesarios, inaccesibles, pode­rosos”, que habían deslumbrado a Vázquez Montalbán en su juventud, contribuían con su presencia a la educación intelectual de nue­vas generaciones: las que crecimos en las pos­trimerías del franquismo.

Alejado de la lucha política, Gil de Biedma sigue trabajando en su des­pacho de la Rambla, pero renuncia a componer nuevos versos tras re­unir su obra poética completa en el volumen “Las personas del verbo”. Siempre sostendrá que “lo normal es leer” o que “yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. Este aparente yerro en los objetivos quizá sea la causa de que su obra conserve in­cólume toda su viveza. Porque Jaime Gil de Biedma supo inventar una identidad cons­ciente del irreparable paso del tiempo y pulir una voz irónica que volviera sobre las fugaces horas de felicidad perdida. Buena parte de ellas las vivió en Barcelona, Sitges, Mallorca, la Costa Brava o la Costa Dorada, escenarios mediterráneos en los que habita cierta intensi­dad dramática, o lo que él llamó “una cierta sensación de que el momento es único, de que puedes fijarlo en la memoria y recordarlo para siempre”.

El último verano de su vida transcurrió en el pueblo costero de Calafell, en el chalet de Juan Marsé. Protegido por sus amigos más fie­les, pasaba las horas a la sombra de un algarro­bo viejo. Envuelto en su batín, fumaba mu­chos cigarrillos, leía poco y tomaba alguna co­pa de cava. Juan Marsé lo describió así: “He vuelto a ver a Jaime apoyado en su bastón y parado sobre el césped, un día que se aventu­ró solo y ya desvalido por el jardín, escrutan­do por entre los pinos y más allá del huerto de Joaquina la reverberación festiva del mar a lo lejos, enumerando tal vez la espuma lenta y desasosegada de las olas y de los recuerdos, de los sueños y de la vida que ya se le estaba yen­do”. Veinticuatro años después de su muerte, el ru­mor del Mare Nostrum se une a la voz del poe­ta para repetir su mejor epitafio:

 

“Sólo quiero deciros que estamos todos jun­tos.

A veces, al hablar, alguno olvida su bra­zo sobre el mío,

y yo aunque esté callado doy las gracias,

porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.”