William Agudelo

 

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Tres


Tras la pantalla grumosa

de la lluvia que bate

el parabrisas ella, en

su inútil carrerita,

se diluye como forma

de azúcar, se descuelga

en fugaces mieles pálidas,

como si, sin remedio,

se escurriera por las

rejas de la alcantarilla.

            

Cuatro


¡Ah! Las Bauernsalaten

con el rojo festivo

de las rodajas de tomate

sobre su rizada cama

de lechugas, la cebolla

dispuesta en grandes

anillos nacarados, las ruedas

de pepino brillantes como

esmeraldas y el  rojo

ceremonial de la remolacha

junto a los penitenciales

discos de zanahoria. Tan

ligeras de comer esas fuentes

que han atravesado

las cortinas del vinagre

y del aceite y de la sal

y llegan a la mesa nevadas

con el resbaloso fetta.

Entrar en ese balance perfecto

es placer que se retoma

después del alto en que

se ha dado paso a la más

vivaz y acariciante cerveza

del día. Esa que brilla siempre

con luz propia a través

del grueso cristal tallado.

                

Nueve


El tren se detiene en Telge y ella

entra al vagón jaspeada de plata,

ocres, amarillos, rojos y dorados.

Afaisanada. Hermética y muelle,

con esa apariencia de solidez con que

nos engaña el plumaje

de las gallinas de Guinea.

Toda su carne es gelatina tibia

bajo las cuasiplumas.

         

Diez


Bockwürste mit Bratkartofeln

en casa de Hermann: una fiesta

de salchichas y papas de oro

para nuestro paladar chanchero.

Importante el primer ataque

(los Bockwürste han  de empezar

con mordisco), hincar los dientes

en su piel al borde del estallido,

porque tras la explosión de grasa

ligera que baña el paladar vienen

las papas so cocidas, so fritas,

tostadas por fuera  y tiernas

en su interior, tal como salen de

la negra cazuela de Hermann.

Entre unas y otras, los amplios

sorbos de espumeante Wückuler:

garganta abajo su sin par

frescura amargosa.

           

Once


Almuerzo en Güterloh

con espárragos blancos

de dulces y jugosas

fibras blandas. Al lado,

visto a través de la ventana,

un campo de ellos en cosecha.

Qué bien se le suman al suyo,

los sabores de la carne y

de la mantequilla.

Y, en dosis oportunas,

las pausas con vino blanco

seco que enjuaga  la lengua

y la deja renovada para la

siguiente acometida.

El gusto de los espárragos

y lo que los aliña viene

en oleadas; después

de la primera éste se afina

y se asienta en lo profundo.

Casi tras el paso por el paladar

ya ha ocurrido la maravilla

de la mezcla, como la memoria

mejorada de los gustado,

con cada ingrediente en su lugar.


William Agudelo [Bolombolo, 1942], autor del prestigioso Nuestro lecho no es flores [1970],  hizo estudios de Filosofía en el Seminario de La Ceja. Cofundador con Ernesto Cardenal de la Comunidad de Nuestra Sra. de Solentiname  trabajó como director de artes gráficas y productor de grabaciones culturales en el Ministerio de Cultura de Nicaragua y fue director del Centro Cultural Coro de Ángeles en Managua.