Damir Šodan


sodan

 

Los años cincuenta

           

Mi padre y su padre

se arrastran por el adoquinado

dirigiéndose hacia la ciudad para ver el partido. 

El fuerte sol del mediodía se difunde a su alrededor,

las cigarras chirrían en los enebros,

en la yerba brillan unos saltamontes vítreos...

El Mediterráneo,

tal como lo conocemos desde siempre,

todavía está aquí.

Un poco más hacia el norte

el mismo sol despeina las coronas de aire de los presos

derritiéndolas

en el sudor de las camisetas blancas

mientras entonan canciones de guerra con melancolía,

y sigue expandiéndose hasta los

grises muelles de Malta

y las cumbres heladas

de la cordillera de Altai en el este. 

En algún lugar detrás de Žrnovnica,

el abuelo, como una vieja lagartija,

arruga lentamente la frente seca y agrietada

y entrecierra dolorosamente los ojos

porque los zapatos estrechos le hacen daño,

aquel maldito calzado

que tiene que compartir con su primo hermano,

el herrero,

que obsesivamente roba

(¡aunque ni siquiera él mismo sabe que hacer de ellos!)

pinzas oxidadas y clavos de hierro

del despacho empolvado de la central hidroeléctrica.

 al mismo tiempo,

en un salón en Dedinje,

Tito está bromeando con los compañeros del Comité Central

 mientras prueba la nueva y niquelada

máquina torneadora,

pulida como el escroto de un perro.

 Desde todas las partes del país

generaciones de caras largas,

calcadas a las de Modigliani, construyen el socialismo,

el cual lenta pero incansablemente,

como el goteo del vitriolo,

los va corroyendo.

Mientras, en la cabeza del padre,

el mundo sigue expandiéndose hacia lo desconocido,

flotando como una medusa transparente,

el hijo sueña

con un nuevo modelo de moto DKV,

negro y brillante,

como los tacones altos de Silvana Mangano,  

y poderoso,

como el hábito desatado de don Jerko.

En mis pensamientos

sigo vigilando a aquel joven

—porque no me queda más remedio—

ya que sé

que el camino que tiene por delante

es largo e imprevisible.

Le diría que se relajara

y que tarde o temprano todo

acabará encajando en su lugar,

sin embargo, las palabras no me salen

de la boca:

quizás es porque

todavía ni siquiera la tengo,

porque yo tampoco estoy como debería,

porque todavía… no existo.    

                  

La lírica endocrina

              

En el año 1934,

después de la muerte de su mecenas,

la cual había sustentado tanto sus escritos

como su actividad política

durante 40 años,

viejo y solo, el premio Nobel W. B. Yeats,

empezó a padecer hipertensión,

y su corazón se debilitó hasta tal punto,

que incluso su vigor creativo

llegó a ser puesto en duda.

Sin embargo Yeats, ese místico

tan contrario a

cualquier forma impersonal de la ciencia,

oyó hablar de un tratamiento de rejuvenecimiento

y, a pesar de que horrorizaba a sus amigos,

encontró a un sexólogo australiano

en la calle Harley de Londres,

el cual, en la primavera de aquel mismo año,

le hizo la llamada intervención de Steinach

(una variante de vasectomía, que supuestamente hacía renacer el instinto latente, experimentada por primera vez en Viena).

La intervención debió de ser un exitazo,

ya que en las cartas a sus amigos

William orgullosamente sostenía

que su deseo sexual había vuelto,

y que estaba enamorado de la joven y talentosa

poetisa Margot Ruddock,

de apenas 27 años,

frente a sus maduros 69.

Los cínicos dublineses enseguida lo rebautizaron

como el Viejo Hombre Glande.

lo importante, de todas maneras, fue que

W. B. volvió a escribir poesía.

uno de aquellos nuevos poemas,

titulado La espuela,

dice:

Piensas que es horrible que lujuria y cólera

deban bailar al son de mi avanzada edad.

No eran tal peste cuando yo era joven;

¿Qué otra cosa me queda para hostigarme a cantar?

Poco después William recopiló también

el Oxford Book of Modern Verse

y empezó a trabajar en la nueva edición de sus Poemas,

con tal fervor, decían los testigos, que parecía

¡cómo si hubiese firmado un nuevo contrato con la vida!

cinco años más tarde ese acuerdo fue roto

a manos de un infarto

—of all places—

en la Riviera francesa.

             

Durruti 1936

               

El héroe-gamberro, el líder anarquista,

el hijo de un ferroviario, el guerrillero de ojos de niño

y cara medio salvaje, el proletario-propagandista,

Buenaventura Durruti insistía en la claridad de expresión

y en su pureza más que en cualquier otra cosa.

Cuando él tomaba la palabra, todos entendían de qué hablaba.

Emma Goldman lo describía como una genuina colmena de actividad que, aparentemente, siempre estaba de buen humor.

La Columna Durruti

se fundamentaba en el espíritu libertario y el sacrificio voluntario.

En la calle Layetana, a su funeral,

que majestuosamente envolvió Barcelona

en rojo y negro,

afluyeron 500.000 almas grandiosas.

Hasta el cónsul ruso

se conmovió profundamente

a la vista de aquella muchedumbre con los puños levantados

mientras juraban por aquel anarquista

que creía que solo los generales gobiernan con la fuerza,

y que la disciplina, como un destello de iluminación,

solo puede venir

desde dentro.

               

Damir Šodan (Split, 1964) es licenciado en literatura inglesa e historia de la Universidad de Zagreb. Ha publicado tres colecciones de poemas y sus obras de teatro han merecido varios premios. Hace parte de las redacciones de las revistas Quorum y Poezija de Zagreb. Traducciones de Goran Lucić.